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El sol también pasa factura a tus ojos: protégelos este verano

En verano solemos acordarnos de proteger la piel, pero los ojos también sufren (y mucho), con la exposición al sol. La radiación ultravioleta les provoca molestias inmediatas (enrojecimiento, lagrimeo, sensación de arenilla, incomodidad ante la luz) y, lo más importante, un daño acumulativo y silencioso: la exposición mantenida sin protección se asocia a la aparición más temprana de cataratas, a lesiones de la superficie ocular como el pterigión y la pinguécula, y a alteraciones de la retina a largo plazo. En la playa, la piscina o la montaña el efecto se multiplica, porque el agua y la arena reflejan la radiación y la devuelven directamente a los ojos.

La buena noticia es que protegerse es sencillo. La clave está en unas gafas de sol correctamente homologadas: con marcado CE y filtro UV400, que bloquea prácticamente el cien por cien de la radiación ultravioleta. Conviene saber que el color oscuro del cristal, por sí solo, no protege — una lente muy oscura sin filtro UV resulta incluso contraproducente, porque dilata la pupila y deja entrar más radiación. Por eso es mejor evitar las gafas de sol de bazares o puestos ambulantes sin garantías y adquirirlas siempre en establecimientos de confianza, comprobando su homologación.

Completa la protección con un sombrero o gorra con visera, busca la sombra en las horas centrales del día y extrema el cuidado con los niños: su cristalino filtra peor la radiación que el de un adulto, por lo que unas gafas de sol infantiles correctamente homologadas no son un capricho, son salud visual para el futuro. Y recuerda: los días nublados también hay radiación ultravioleta.

Si tras un día de sol notas molestias que no desaparecen — enrojecimiento, arenilla, lagrimeo o visión borrosa — no lo dejes pasar: pide cita con tu médico u oftalmólogo cuanto antes para que lo valore.

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